Zorra

Llovía, íbamos tan borrachos que ninguno de los dos no recordaba donde habíamos dejado el coche.

Habíamos recorrido infinidad de kilómetros con un par de botellas en el coche. Fuimos a ver una película y a seguir bebiendo. Perdiste los nervios, te dejaste llevar por los demás, un coche pasó a toda velocidad junto a nosotros y terminamos aún más perdidos al levantar las aguas del charco, te encontrabas fuera de tus casillas y te besé, delante de todos. Quería hacerte ver que estábamos por encima de todo, de la lluvia, del fango, nunca lo entendiste, y es razón suficiente por la que a día de hoy estamos separados.

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Smell like a teen spirit

Han pasado 12 años, era un poco más escuálido, loco y con el pelo rapado. Pasaba mis días entre el ordenador y los amigos, fumando y bebiendo, intentándonos contagiar los unos a los otros la dureza que veíamos en las pelis de pandilleros, en las cuales no se hablaban de padres y hogares rotos por un crisol de vicios, que hacían miserable la existencia de aquellos niños que creían desafiar al mundo con sus botas militares y abrazando la muerte de la mano de un arsenal de drogas con un sin fin de atmósferas y extraños colores.

Ese tiempo pasó, algunos amigos se quedaron atrapados en aquel vector que no conducía a nada más que a la destrucción y la muerte, otros llegaron hasta el final y en alguna pobre noche, entre ellos y yo les dedico un poco de mi humo o cualquier gota de vino que termina por caer fuera del vaso. No volverán a embriagar con su pasión y su locura a las aburridas y en ocasiones grises vidas de los que por suerte o capricho, supieron esquivar las balas de las drogas, las puñaladas y los pasos en falso en las noches de caza.

No fue bonito, no… pero fue parte de mi adolescencia, quizás un oscuro tinte más a mi esencia, un tinte que permanece oculto, sellado por una década y el aprendizaje continuo al que se ve forzado el ser humano.

Sin embargo por aquel tiempo conocí a una chica, que en nuestra estupidez adolescente decidió ser mi compañera, con lo que eso implicó y trajo mucho después, relegándonos a ambos al exilio mutuo en sendos paises para encontrarnos de nuevo años después, hastiados y sorprendidos de que nuestros escudos no hayan sido quebrados por la fuerza de los golpes amargos.

Somos felices juntos, ella lo ve en mis ojos y yo en los suyos, en su sonrisa, en su hacer por pasar un rato más a mi lado.

Sin embargo me conoce, sabe que a pesar de todo, el principal problema es ser tan parecidos, un viento sopla a nuestro alrededor cuando nos miramos a los ojos, no nos hiela, pero advierte <no vuelvas a cruzar un lago en sus brazos>

No es por ella, ni por mí, sino por nosotros.

¿Cambios?

Qué puedes hacer cuando la ansiedad corretea por tu cuerpo, te endurece los sentidos y no hay alcohol suficiente con el que poder dormirlos. Escribir… sí… eso es… si no fuera porque hace ya un tiempo que me siento acabado por este lado. Me da por reír al tratar de verme a mí mismo con los ojos de cualquier extraño.

 
Todos bailan, ríen, corren y hacen cualquier tipo de cosa de la que al final emana algo que alimente su ilusión o sus vidas. Yo sin embargo tengo que caminar por los riscos de la mía, ahora por suerte desde una situación un poco más alta, pero claro, poco entiendo de latitudes geográficas pero algo sí se de física… ¿Entiendes lo que quiero decirte…no? Es algo así como el típico “Cuanto más subes más duele al caer” y mierda, me encuentro subiendo una casi eterna escalera que cuelga a espaldas de un risco. Más arriba, se encuentran sobre el todos los demás, corriendo, sonriendo y jugueteando sobre el fresco lecho de hierbas que cubre la espalda del peñasco. Lo que allí arriba se antoja como una cristalina brisa, aquí abajo donde nos encontramos los que tenemos que subir peldaño a peldaño se nos antoja un viento fuerte, helado, que en lugar de refrescar nuestro juicio lo sacude como un padre despiadado, abriendo en nuestra mente un millar de cuestiones en medio de la incertidumbre, la soledad y el desamparo.

 

Sin embargo la fuerza del sin sentido, de la nada, del hazlo o deja de serlo, nos empuja a mantener los ojos bien abiertos, a seguir arañando con la desesperanza de la suela de nuestros roídos zapatos la fría roca de cada peldaño, donde intentamos descansar aunque sea sólo por un rato nuestros cansados pasos. Y es que no hay lugar para el abandono cuando tiempo atrás ya todo fue abandonado.

Cada cosa en su adecuado sitio

Darle un significado antropomorfo siempre ha sido el pasatiempo ideal de los profetas y desesperados. Sin embargo seamos honestos y salpiquemos de sangrante verdad esa aparentemente insulsa palabra, que cuando danza en nuestra mente de forma amenazante, siempre logra helar el cuerpo de los sujetos que comparten sus sintagmas.
La soledad no es nadie ni nada, tampoco una mera palabra. La soledad puede tomarse o ser tomado por ella.
En este caso hablamos de una soledad voluntaria, una soledad no deseada pero sí irremediable si deseas ser fiel a tu proyecto de vida, a ti mismo.
Hace unas horas que he compartido mesa con el único amigo que de verdad me queda. No suelo hablar tan abiertamente de mi vida a nadie, incluso aunque en estos momentos este blog me sirva de pseudo máscara, me es inevitable sentir algo de aversión, pues siempre fui más bien hermético en temas que permanezcan en cierta profundad en lo que considero mi vida.
Es así, años atrás dos amigos decidieron dar la espalda a otros tantos, digamos un grupo de unos seis, por motivos que con el tiempo se fueron afianzando. Era evidente para nosotros, con pruebas sólidas y fehacientes que, dicho grupo, tenía un comportamiento tóxico y pernicioso, pues se dedicaban a apuñalarse los unos a los otros y soltar pestes de la misma forma en la que despachaban falsas sonrisas con las cuales pretendían proteger, torpemente sus infundadas y cobardes críticas.
Han sido cuatro años, en los cuales, en medio de esta fría pero despreocupada soledad el que era mi único amigo me acompañó, pasando situaciones y momentos de todo tipo, como sucede normalmente en un sinfín de amistosas relaciones. Sin embargo, hoy, esta misma tarde me ha comentado su intención de recuperar el contacto con aquellos a los que abandonamos.
Un par de horas después, de exponer mi punto de vista hemos acordado hablar con uno de ellos, sin embargo, por orgullo, mi amigo me pidió que hablase yo por él, cosa que he hecho, como favor póstumo a una amistad que anuncia su agonía hora tras hora, día tras día.
Es así, no puedo renunciar a mí mismo, puede sonar como un prefacio al egoísmo, pero nada más lejos de la realidad, no puedo, no puedo renunciar a tragarme mi orgullo de cara a unas personas que no se lo merecen, que no han hecho nada por reparar el mal que hasta no hace mucho y quién sabe si hasta mucho después de esta bana reconciliación continúan haciendo.
Ahora sí me encuentro de verdad ante la soledad, es curioso pero tenía la sensación de que tarde o temprano terminaría sucediendo, no a modo de presentimiento sino más bien fruto de un análisis lógico de la conducta y las necesidades de mi amigo.
Resulta fría esta descarnada sensación, oscura y febril en algunos momentos. Sin duda es la primera vez que siento algún tipo de aflicción frente a la perdida de un amigo, pero era lo que tenía que pasar, en el universo, tarde o temprano cada cosa tiene que volver a su lugar, necesita esa armonía para su correcto funcionamiento, es un hecho. Sin embargo toda vuelta trae consigo una transformación, un cambio. Es por eso, por ese imperativo lógico que, asistimos no en sí a la muerte de una relación amistosa, sino más bien a la muerte de un amigo.
Es por eso, que si algún día se da en él, la peculiar inquietud de la melancolía o de la bana curiosidad, no habrán más tardes ni noches de fiesta, no habrán más alcohol ni drogas, ni situaciones surrealistas ni consejos, ni apretones de manos. Tan sólo lo de siempre, simplemente la nada.

Se acerca el verdadero invierno de nuevo, y esta vez no habrá nadie a mi lado para ayudarme a preparar una hoguera.

Lucharé entonces como antaño, espero no haber olvidado las valiosas lecciones que aprendí aquella larga noche, tumbado sobre la nieve.

De personalismos va la cosa

Estoy cansado de las sendas interminables, de los rumbos hacia ninguna parte…. Casi desquiciado por sentir que he nacido y vivo por y para el fracaso. Las luces parecen alumbrar tan fuerte que terminan por cegarme cuando de nuevo desaparecen. Sin embargo he aprendido a caminar en la oscuridad o más bien a empezar a hacerlo sin miedo, descuidado. Está todo tan oscuro, es tan difícil encontrar el rumbo que a veces te entran ganas de estrellarte contra algo que por espinoso o afiladas que estén sus aristas pueda por lo menos decirte “Hey, la has cagado, tendrás que caminar hacia otro lado.”
No es un problema porque científicamente el choque es evidente, sin embargo ¿Hasta cuándo tendré que seguir corriendo o caminando por este limbo errático? No puedes pedir ayuda a nadie, no lo entenderían o plantearían soluciones que se escapan de mis capacidades. Son demasiadas las bestias que duermen en este lugar tan oscuro e ilógico y las cuales esperan el momento adecuado, el paso en falso para que caiga en sus garras.
El círculo se cierra, esta sentencia resulta tan cierta como evidente, fruto del paso del tiempo.  No confío en el suicidio, es demasiado fácil y agotaría las pequeñas posibilidades de las que dispongo para disfrutar de este preciado regalo que se ha vuelto casi un infierno salido de los dedos de Dante.
Me encuentro en una situación en que lo he perdido todo, pero tampoco puedo recuperar o hacer acopio de nuevos elementos que me ayuden a emprender el viaje de nuevo… Pude evitarlo… Hubo un tiempo en el que logré salir de todo esto, pero sin embargo la resaca y la codicia pudieron conmigo, menguaron mi integridad y me abocaron a la autodestrucción y a la vuelta a una tierra ya estéril para mí. Me negué ser un desgraciado más traté de luchar contra todo y aquí me encuentro, esperando el último golpe de mano que me hunda al completo.

Stultitia hominis

Condensación, las gotas cuelgan de forma ebria sobre el mar de  iones cristalinos de un botellín de cerveza, resbalan al mismo tiempo que mis dedos juegan con un cigarrillo a punto de apagarse, apuras una calada profunda y maldices de forma apática las nuevas políticas tomadas por las tabacaleras. Las leyes y el progreso están ahí, definidas para limitar a las fuerzas creadoras de las que Nietzsche sifilítico perdido escribía encerrado en una casa del país helvético.

Expulsas un torrente de humo gris y seco, tus pulmones se vacían, tu garganta se resiente y vuelves a dar otro trago, perdiéndote en la comodidad de un sofá color aciago.

De niño a adulto, miles de cuestiones que sin embargo de buenas o malas maneras han sido respondidas, tiempo perdido o no, nada importa, para llegar a la conclusión de que la lógica de este mundo es la antonimia de lo que te han enseñado; pues desde los fractales del objetivismo los cojos corren, los ciegos pueden ver y los muertos caminan, hablan y están de moda.

Paseo Nocturno

Rugen los ecos de un millón de sueños a nuestras espaldas. Es el viento quien los transporta y carga en sus antiguos e invisibles barbas.

Siempre fue de ese modo y siempre corría tras de nosotros o se deslizaba en las esquinas de las fachadas levantando un millón de voces mientras nos sumíamos en el ruido y la calma de nuestras vidas.

Pude sentirlo, logré escucharlo aquella misma noche, ambos tomados de la mano huíamos de nuestros miedos por las ahogadas calles del casco viejo. Caminábamos entre los grises cuerpos de la muchedumbre ebria también de sueños y perfumadas con la alegría de la incipiente fiesta.

Dirigí mis ojos sobre los suyos que miraban hacia el final del empedrado camino, vacíos, azules y fríos como el mar que en invierno abraza a nuestra ciudad y la sume en una atmósfera húmeda y solitaria.

La luz ámbar de los faroles teñía su tez de un color enfermo cetrino, fue justo ahí cuando entonces pude sentirlo. Acarició mi espalda con una calma atroz, escalando por cada una de mis vértebras hasta mi oído, donde escuché por primera vez a modo de susurro que hacía ya tiempo que no caminabas conmigo.

Senderos de invierno

 

Bajo el sol tímido de una fresca mañana

Pasos en calma se hunden entre grises camas de juncos secos

Vuelvo a mi vergel de bajos árboles y verdes hierbas

Susurra el viento mientras el agua ríe al juguetear entre las piedras

El sol ilumina con destellos dorados todas y cada una de sus pequeñas crestas

De frescor profundamente mis pulmones agradecen el encontrarme de nuevo acompañado de mi esencia.

Me incorporo desde las hierbas, allí mis ojos endulzados por el ámbar del sol encuentran tu silueta, marchando con estela apagada y eterna

Una fría brisa escala mis riñones rompiendo mi cuerpo brevemente

Te alejas con la mayor de las delicadezas, a pesar de que desearías tomar mi mano y disfrutar juntos de las pobres notas de nuestro pasado despiadado.

Nuestras miradas se separan, nuestros labios se secan por el frio aliento de los presentimientos.

Sonrío, ambos volvemos a casa de nuevo.